SOLEDAD

                   CUANDO COMENZÓ MI GRAN MENTIRA
                                             
El llanto de un bebé suena a lo lejos
El día está gris y hay poca gente en la calle.
Llega un invierno frío y con un viento helante. La gente se camufla ente abrigos, gorros y bufandas.
Sigo mirando por una ventana la cual no puede abrirse más de unos 10 centímetros. Es una ventana con cristales gruesos, medio rayados y translúcidos, lo cual mi campo de visión está limitado.
La habitación es de 2x2, es fría, con un somier metálico en medio y un colchón medio roto por el desgaste de los años y de las personas que antes dormían en él.
Me aparto de la ventana, me tumbo y observo las paredes.
Múltiples fechas, frases, manchas, cada una de ellas cuenta una historia, y puedo deducir el número de gente que a pasado por ésta habitación por cada escritura.

No serán más de las 3 de la tarde, porque estamos en la hora de la siesta y el silencio habita en el módulo.
Solo se escuchan los motores de los coches, voces de personas a lo lejos..
El llanto del bebé a cesado y vuelvo a asomarme a la ventana.
Se ve el patio donde hacemos deporte, una pequeña pista con dos canastas de baloncesto, y dos porterias con la red medio rota. Al lado tenemos el pequeño huerto, que más que nada suelen usarlo los compañeros que hacen jardinería. Luego al lado nuestro, aunque no podemos verlo por la ventana, está otro centro, y en frente, en la calle, se ve una vivienda.

Una mujer mayor está sentada en la terraza, es un quinto, tiene el toldo recogido. Siempre la veo ahí sentada, mirando al cielo, sin móvil y sin nada, aunque a veces la veo leer algún que otro libro.
Saco medio brazo por la ventana e intento saludarla, aunque se que no me ve, y si me ve, solo ve un brazo haciendo un aspaviento.
Cuando meto el brazo vuelvo a mirar, pero como era de pensar no obtengo ninguna respuesta, pero yo sigo mirándola.

Nos han tocado la puerta y han encendido las luces.
Tengo que cerrar la ventana, arreglar la poca ropa que tengo y dejar la cama hecha para poder salir a asearme y prepararme para hacer deporte con mis compañeros.
Una vez estamos todos en las puertas esperamos a que control y seguridad nos dé paso para poder bajar al patio.
Cuándo nos dan paso bajamos en fila y todos en silencio, porque no se puede hablar en los traslados y si lo haces lo más seguro que te lleves una corrección que te tocará hacer en tu tiempo libre.

Hoy es martes y toca fútbol, hacemos un pre calentamiento de 10 minutos corriendo por la pista y yo mientras tanto sigo observando a la mujer mayor que nos ve hacer deporte a diario. Miro a mis educadores y a los vigilantes para ver donde están mirando, y aprovechando que no me ven, vuelvo a saludar a la mujer disimuladamente y para mi sorpresa me responde con un gesto con la mano y una sonrisa, la cual le devuelvo con gratitud.

Una vez terminado el pre calentamiento mi educadora elije a dos capitanes para hacer los equipos y una vez los equipos hechos empezamos a jugar.
Lo doy todo para poder cansarme y soltar tensión y así a la noche poder descansar, aunque muchas  veces es muy difícil poder conciliar el sueño.

Una vez se ha hecho la hora volvemos a hacer una fila y a repetir el mismo procedimiento de antes.
Subimos a las habitaciones, dejamos las deportivas en la puerta y las cambiamos por unas zapatillas de ir por casa, las cuales aquí llamamos "las zapatillas de viejo".

Nos meten en las habitaciones en lo que preparan el orden de las duchas, y así a nosotros nos da tiempo a desnudarnos y a ponernos el albornoz, y así tener preparada la ropa sucia para cuando salgamos echarla en el cesto.
Hoy salen primero las chicas, nos abren a mí y a otra compañera.

En total somos 3 chicas y 4 chicos en el módulo.
Cuándo salgo de mi habitación mi educadora me da mi gel, mi champú y mi neceser. Tenemos como mucho 7 minutos porque vamos mal de tiempo y somos muchos para ducharnos y hoy a dos de nosotras nos toca lavarnos el pelo y solo hay dos duchas.
El agua como casi siempre fría o algo tibia, pero pocas veces sale caliente, la caldera está estropeada y tienen que repararla. Y como te toque de los últimos para ducharte, te toca ducharte con el agua helada. Una vez entras en la ducha ponen el cronómetro del reloj para que no nos pasemos de tiempo.
Me pongo el champú lo primero, y mientras el champú hace efecto voy enjabonándome y ya me aclaro el pelo y el cuerpo a la vez.
Me seco y me pongo el albornoz, pregunto cuánto nos queda y llevo 3 minutos, intento peinarme lo más rápido que puedo, porque tengo el pelo enredadísimo, una vez me lo dejo casi desenredado me dice que nos queda 1 minuto así que dejo de peinarme, me hecho desodorante y se lo entrego a mi educador.
Ve que esta todo y puedo irme a mi habitación a cambiarme y a descansar hasta que se terminen de duchar todos mis compañeros.


Abro la ventana para que no se concentre el olor y vuelvo a mirar, ya no hay nadie.
El cielo ya está totalmente oscuro y se ve a poca gente pasear por la calle.
Nosotros solo bajamos dos veces al patio, por la mañana para almorzar, y por la tarde para hacer deporte, es en el único momento en el que nos da la luz, en el que sentimos el viento en la cara.
Desde que he entrado mi piel a perdido su color bronceado, ahora estoy blanca, más bien tirando a un color mas paliducho.


Escojo un pantalón gris de chándal que tiene varias manchas de lejía, y una camiseta básica negra y me tumbo boca arriba, cierro los ojos y aunque se que afuera de mi habitación están dando voces, intento concentrarme lo máximo posible para poder dejar de escucharlas y poder sumirme en un pequeño sueño, que aunque sea corto es lo más tranquilizador que puedo obtener en estos momentos.



*toc-toc*

Acaba de entrar mi educadora y está acompañada por el vigilante, eso significa que me van a poner una sanción.
Me dice que he estado distraída en el deporte y que no he prestado atención a las indicaciones que me había dado.
Sale de mi habitación y lo primero que hago es dar un golpe a la cama de la impotencia.
Otro día más que no tengo ocio, que realmente es solo ver la tele o jugar a las cartas, siempre bajo la supervisión de un educador, siendo ellos los que deciden que canales podemos ver y cuáles no.


Nos abren la puerta a todos y nos ponemos frente a la puerta, esperando a que nos digan quienes van al salón y quiénes son los sancionados que se van a la otra sala con el otro educador.
Me señalan a mí y a dos compañeros más y nos dice que le sigamos.

En fila y en silencio, y con los brazos cruzados por detrás de la espalda le seguimos hasta la sala, me manda a la mesa de la parte del final y cada uno de nosotros con dos metros de separación. 
Suele ser una sala bastante fría, es donde por las mañanas solemos dar las clases, tiene una pizarra, unas diez mesas y sillas de plástico y algún que otro mapamundi pegado por las paredes. Lo bueno de estar al final sentada es que tengo las ventanas al lado, y aunque no se vea mucho se agradece ver alguna que otra luz de alguna casa. 
Aunque parezca que no, te hace sentir más cerca de lo que es la vida normal.
Se acerca el educador  a mi mesa y me comenta mi corrección. "NO ATIENDE INDICACIONES DEL EDUCADOR EN TURNO".

Ésta por lo menos no es de las largas, porque luego tenemos unas que se llama "MAMAL" que son las de malas formas, y en esa te puedes tirar escribiendo como unas 3 horas seguidas y aún seguirás sin acabarla.

Me ha puesto simplemente tres preguntas de 5 líneas por pregunta, tardo poco, ya estoy acostumbrada a hacer este tipo de corrección y al final ya he terminado por aprenderme lo que escribo y automáticamente volverlo a escribir en cada sanción.

Cuando me queda la última pregunta por contestar entra el vigilante para informar a mi educador y a mi que tengo una llamada, que es mi madre. 
Me levanto entregándole el KIT, que aquí es un bolígrafo, un lápiz y una goma y la hoja de la corrección. Le digo que me queda solo una pregunta, y me dice que no me preocupe, que después de la cena la puedo terminar .

Entro en la pequeña sala, que solo tiene el teléfono y una silla, para que podamos estar sentados. Como siempre la puerta tenemos que tenerla medio abierta para que escuchen la conversación. Que aunque digan ellos que no, que no nos escuchan, y que es por protocolo.. nada, mentira. Hay un vigilante pendiente del grupo, y el otro cerca mía para controlar lo que hablo.
Tengo diez minutos de llamada y en el momento que cojo el teléfono ponen el cronómetro para que no me exceda.

Mi madre me pregunta que qué tal estoy, que qué he comido, si he hecho algo de provecho.
La misma conversación de siempre. 
La misma rutina de siempre.
Cuando llevamos un par de minutos oigo a mi madre con la voz temblorosa, me dice que tiene ganas de verme y de darme un abrazo. Que hace mucho tiempo que no me ve.


Nos vemos una vez cada mes o cada dos meses. En visitas de 1 hora, y de esa hora, nos pasamos discutiendo mi padre y yo unos 40 minutos.
Siempre estamos a gritos, siempre son insultos, siempre me hecha en cara el delito que cometí, como si no hubieran pasado ya bastantes años, como para que después de casi 5 años aquí dentro siga con el tema. 

Al final decidí cortar las visitas por mi propia salud. 
Ellos al fin y al cabo, aunque terminásemos mal o bien ellos volvían a salir a la calle, entonces tienen más recursos para enfrentar el enfado, dolor, tristeza...etc.

Y yo como siempre me tengo que tragar el dolor aquí dentro, sin poder expresarlo con nadie y como siempre soltándolo de la peor manera. 
En estos últimos meses que les habré visto como unas tres veces, de esas tres, dos de ellas he terminado reducida y en aislamiento un par de días por no saber controlar mi ira y mi rabia.

Me avisa el vigilante y me dice que me queda un minuto, que por favor vaya  despidiéndome y colgando.
Le digo a mi madre que se cuide, que ya nos veremos, y que no se preocupe que estoy bien. 
Cuelgo y me pongo justo al lado de la puerta con las manos  detrás de la espalda. 
Le digo que si puedo pasar ya a la sala con mis compañeros.
Me dice que me espere, que va a preguntar si voy a la sala con los sancionados o al salón.

Que vaya al salón, que quedan 5 minutos para cenar. 
Me dirijo al salón y me siento en una de las sillas, no me apetece estar con ninguno de mis compañeros, y simplemente veo como juegan a las cartas. 
Tenemos una pequeña tele, y una estantería con libros, por si nos aburrimos ponernos a leer algo, o solicitarlos para poder meterlos en la habitación y leer en nuestro tiempo de descanso.
Cada dos semanas tenemos la play 4, es lo único bueno. Ésta semana le toca al otro módulo y la semana que viene la tendremos nosotros. De vez en cuando jugamos, pero de normal es raro, porque casi siempre alguno está sancionado, o no está en bloque para poder utilizarla. 

Me preguntan que si quiero unirme, y jugar a las cartas con ellos, contesto que no. 

Simplemente tengo ganas de llorar, pero no puedo.
Miro a mi educadora, y me entiende sin necesidad de hablar con ella.
Me hace un gesto y me dice que si después de cenar me apetece hablar con ella.
Le digo que sí.

Es de las únicas personas en las que confío y que realmente podría decir que quiero, me ha visto tanto en mis peores momentos, como en los mejores. Y es la única que podría decirse que sabe medio llevarme. 
Son muchos años ya junto a ella, y no hay persona que mejor me conozca aquí dentro.

Acaba de entrar un vigilante con la comida, nos dicen que recojamos, que dejemos ordenado todo y que nos pongamos en fila para ir al baño a lavarnos las manos.

Nos lavamos las manos y nos sentamos cada uno en su sitio del comedor.
Estamos divididos en dos mesas. Y un educador en cada una.
Cada mes vamos rotando para no estar siempre los mismos en la misma mesa.

Me dice mi educadora que hoy me toca a mi poner y recoger la mesa, y ninguna gracia porque son unos cerdos comiendo.  
Pongo el mantel, las servilletas, los cubiertos que son de plástico y los vasos más de lo mismo.
Jose que es nuestro educador pregunta quien tiene más hambre para poder echarle un poco más.
Tenemos un filete empanado (que aquí le llamamos rueda de coche), judías verdes y de postre manza.
Hoy hemos tenido suerte, es de las mejores comidas que suelen poner.

Me prepara cuatro platos y los voy poniendo en la mesa. Una vez los sirvo ya me siento, y espero a que nos den permiso para comer.

Empezamos a comer y hablamos de cosas banales, sin más. A mi la verdad que no me apetece integrarme en la conversación. A si que estoy comiendo en silencio, pero les escucho y les miro.
Me pregunta mi educador que si no pienso hablar en toda la cena. Le miro y hago un gesto con la cabeza, y sigo a mi rollo, comiendo y escuchando.
Me vuelve a hablar para decirme que tengo que intercambiar palabras con mis compañeros, a lo que la vuelvo a mirar y decido decirle que no estoy obligada a hablar. Que es mi hora de cenar, no de estar hablando sandeces.

- ¿Te estás dando cuénta de como me estas hablando?- Se limpia con la servilleta y la deja en la mesa y me mira con cara de sorpresa por haberle contestado.


- Perfectamente. Es la hora de cena. No de hablar. - le contesto tajante y le sonrío desafiante mientras me llevo a la boca un trozo de filete.

Se a hecho el silencio en el comedor y se puede respirar el ambiente de tensión que se a creado en cuestión de segundos.

- No te preocupes, esta bien. No hables, que ya hablaremos después de la cena. - me corta tajantemente - chicos ya podéis seguir hablando. - les dice a mis compañeros y retoman el tema.-

Terminamos de cenar, y empiezo a recoger la mesa. 
Me quedo con mi otro compañero y con Jose, para colmo. Y los demás se han ido con Elena al salón a continuar su ocio.
Intento no mirarle para no crear más conflicto e intentar dejar de lado el tema de la cena.
Termino de recoger los platos que quedan y de limpiar y doblar el mantel.
Y nada más termino pregunto si puedo irme ya.
Me dice que me vaya  a mi habitación directamente, resoplo enfadada y me acompaña un vigilante a la habitación.

Dejo las zapatillas en el zapatero de la puerta y en el momento que entro escucho el golpe seco de la puerta metálica y como echan la llave para que no pueda salir.
Me voy directamente a la ventana y me pongo a mirar por el pequeño hueco.
Solo se ven las luces del patio y ya no se ve a nadie por la calle.
Miro a la terraza de la señora mayor. Vacía. 

Me tiro en la cama boca arriba y empiezo a llorar. No aguanto más. La ansiedad me está comiendo por dentro. La impotencia de no poder decir nada, de estar callada por miedo a que me sancionen.
De no tener mi propia voz. De no poder ser yo. De tener que hacer un papel para que mi tutor mande informes buenos a mi jueza, cuando realmente me da exactamente igual.
Estoy cansada, son muchos años con la misma mierda. Tachando días, acordándome de gente que lo más seguro se haya olvidado de mí. Recordando lo que era sentirse libre.

Oigo el sonido de la mirilla y rápidamente miro a la puerta.
Es José. Oigo como dan una vuelta de llaves a la puerta y entran Jose y un vigilante.

- ¿Me puedo sentar?

 Asiento con la cabeza y me levanto de la cama para sentarme.

- Mira Cristina, yo entiendo que no estás pasando un buen momento. Pero tampoco tienes que pagarla con nosotros. Solo queremos ayudarte. Y lo que no puede ser es lo que has hecho en la cena.

Agacho la cabeza, y me miro las manos.

- No hace falta que continue. Pero ya sabes que te voy a poner una corrección. Y si no quieres no hace falta que salgas. - sigue diciéndome- el turno de mañana te pasará la corrección, pero lo más seguro es que sea una de malas formas.  - se levanta de la cama y se dirige a la puerta para cerrármela - descansa Cristina, buenas noches.



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